En medicina veterinaria, una de las ideas más importantes al trabajar con pacientes felinos es entender que el gato no es un perro pequeño. Aunque esta frase ya es conocida, sigue siendo clave recordarla, especialmente cuando hablamos de farmacología, anestesia y manejo clínico.
Los gatos tienen particularidades fisiológicas que influyen directamente en la forma en que responden a los medicamentos. Sus necesidades nutricionales, su ingesta de agua, su volumen sanguíneo, su metabolismo hepático y la función de órganos como el riñón hacen que el abordaje anestésico deba ser específico para la especie.
Uno de los puntos importantes es el esófago felino. En los gatos, este órgano es especialmente sensible, lo que puede predisponerlos a presentar esofagitis después de ciertos procedimientos anestésicos o tras la administración de algunos medicamentos. Un ejemplo frecuente es la doxiciclina, fármaco que puede generar irritación esofágica si no se administra adecuadamente.
Otro órgano fundamental a considerar es el riñón. Los gatos tienen una menor cantidad de nefronas en comparación con otras especies, lo que vuelve al sistema renal más delicado. Por ello, en pacientes felinos, especialmente adultos o geriátricos, es necesario evaluar con cuidado la función renal antes de administrar fármacos que puedan depender de esta vía para su eliminación.
Durante mucho tiempo, el uso de antiinflamatorios no esteroideos en gatos fue visto con mucha cautela debido al temor de daño renal. Sin embargo, actualmente se reconoce que pueden utilizarse de forma segura cuando se eligen correctamente, se ajusta la dosis y se considera la condición clínica del paciente. La clave no es prohibirlos, sino emplearlos con criterio médico y dosificación específica para gatos.
La función renal también puede influir en la respuesta anestésica. Un gato con alteraciones renales iniciales, incluso sin signos clínicos evidentes, puede presentar cambios en la barrera hematoencefálica. Esto significa que los anestésicos podrían tener un efecto distinto al esperado, aumentando el riesgo durante el procedimiento si no se realiza una evaluación previa adecuada.
El hígado también cumple un papel central en la anestesia felina, ya que es el principal órgano encargado del metabolismo de muchos fármacos. En los gatos, algunas enzimas hepáticas, como el citocromo P450 y la glucuroniltransferasa, están presentes, pero funcionan de manera diferente o en menor cantidad que en otras especies. Esto explica por qué ciertos medicamentos pueden metabolizarse más lentamente o requerir ajustes específicos.
Por estas razones, la anestesia en gatos debe plantearse desde el concepto de anestesia equilibrada. Esto implica no depender de un solo fármaco, sino combinar estrategias que cubran analgesia, hipnosis y sedación. Además, un componente esencial es la monitorización constante del paciente. No puede hablarse de una anestesia segura si no se evalúan parámetros vitales durante el procedimiento.
En conclusión, el manejo anestésico del gato exige conocimiento, planificación y respeto por sus diferencias fisiológicas. Evaluar al paciente, elegir los fármacos adecuados, ajustar las dosis y monitorear correctamente son pasos indispensables para reducir riesgos y brindar una atención veterinaria más segura y responsable.
Dra. Adriana Martin Del Campo – Médica Veterinaria Zootecnista enfocada en medicina felina
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